20/3 de Miandrivazo a Morondava

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A las 8 de la mañana partíamos en un viaje que se preveía sin escalas con destino la ciudad costera de Morondava. Pero antes, a las 7 desayunábamos en el porche con una preciosa vista del río Tsiribihina. Y antes aún, tuvimos un reparador sueño de unas 8 horas en las que nuestras amigas las salamandras nos protegieron de nuestros enemigos los mosquitos.
Como iba diciendo, salimos hacia Morondava al principio siguiendo el curso del río Tsiribihina, aunque pocos kilómetros después nos separaríamos. El paisaje de hoy destacaría por sus cambios, primero la ribera del río con sus arrozales, luego pinares, tamarindos… Y por último, lo mejor, los majestuosos baobabs, que veremos con más calma mañana.
De camino paramos en la población de Ankilizato a estirar un poco las piernas y recorrer su mercado; poco después volvimos a parar en un alto desde el que se divisaba toda la llanura donde está Ankilizato, una vista impresionante. Así hemos seguido camino por una carretera en muy buen estado, al parecer la han reasfaltado hace poco, de manera que hemos tardado unas cuatro horas y media cuando según la guía, de 2010, se tardaban no menos de diez horas (250 km).
A pocos kilómetros de Morondava hemos empezado a ver baobabs, la verdad es que son unos árboles muy bonitos y majestuosos, quedan bien en las fotos 😉
Ya en Morondava hemos dejado las cosas en el bungalow de hoy, más lujoso que el de ayer, a ver si podemos dormir igual de bien. Hemos ido a comer a un restaurante cercano, una parrillada de marisco y peces por cuatro perras; luego a descansar un poco y a continuación paseo por el centro de Morondava, con incursión a través de su mercado, muy interesante, pero impactante su olor, éste es fortísimo y tan penetrante que Sara aún está con mala cara (es broma, pero sirva la exageración para haceros una idea).
A lo largo del paseo nuevamente nos hemos visto señalados al grito de “vazaha!” unas cuantas veces; sigo sin saber cómo se dan cuenta tan rápido de que somos blanquitos. Pero lo que es peor, algunos niños nos miraban con espanto, y es que, al parecer, uno de los cuentos que se les cuenta de pequeños incluye a un demonio blanco, y así les asustamos sin pretenderlo.
Ya llegando al hotel, a pie de playa, hemos disfrutado de una bellísima puesta de sol, como mal se recoge en la foto (a la vuelta pondré fotos de la cámara de verdad). Hemos cenado con una agradable brisa y escuchando el romper de las olas en la orilla. Ahora estamos degustando sendos rones locales, y mañana dedicaremos el día a una excursioncita en piragua por el cercano manglar y disfrutar de los baobabs. ¡Hasta mañana!

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